Leyendas Vivientes

1004983221

JUANA DE DIOS MARTÍNEZ
Juana de Dios Martínez, la Matriarca del Fuego y el Agua
Sacerdotisa Mayor de Ǫuibayo y Patrimonio Viviente del Estado Yaracuy

En el corazón del Monumento Natural Cerro María Lionza, donde el mito se funde con la realidad, el nombre de Juana de Dios Martínez (1928–2020) resuena como un eco eterno. Hablar de Juana no es solo hablar de una creyente; es hablar de la columna vertebral del sector Quibayo y de la guardiana de una fe que define la identidad del pueblo venezolano.
Mamá Juana, como muchos la recuerdan, logró transmutar su vida en un servicio sagrado, convirtiéndose en el puente más sólido entre la Corte Celestial y los miles de peregrinos que buscan consuelo en la montaña.

La vida de Juana de Dios encierra una poética espiritual que desafía la lógica común. Nacer un 8 de marzo de 1928 la vinculó desde su primer aliento con la fuerza de lo femenino.

En el culto de la reina María Lionza, Juana de Dios Martínez es reconocida como una de las figuras históricas más influyentes, a menudo denominada la «Gran Sacerdotisa» de la Montaña de Sorte.

Su importancia radica en los siguientes puntos:

1. Liderazgo en la Montaña de Sorte
Fue una de las líderes espirituales y baluartes más respetadas del espiritismo marialioncero durante gran parte del siglo XX. Junto a figuras como Beatriz Veit-Tané, se le atribuye haber dado forma y estructura a las prácticas actuales del culto en el estado Yaracuy.

2. Guardiana de la Tradición
Se dedicó a impartir enseñanza y fomentar el respeto por los espacios sagrados de la montaña. Es recordada por:
Inculcar una ética de humildad y servicio entre los creyentes.


Servir como puente de comunicación (materia o médium) para transmitir los mensajes de la Reina y sus cortes.
Mantener la ortodoxia del culto frente a procesos de modernización o cambios drásticos en la montaña.

Históricamente, se menciona que Juana de Dios Martínez y el sacerdote Pablo Vázquez quienes establecieron un acuerdo simbólico de convivencia para organizar el liderazgo en la Montaña de Sorte. Su fallecimiento marcó un punto de inflexión que generó una reorganización y la aparición de nuevos liderazgos en la zona de Quibayo y Sorte.

Su legado refuerza el papel central de la mujer en el espiritismo venezolano. En un culto donde la deidad principal es femenina, ella representó la autoridad máxima en la tierra (sacerdocio), guiando a miles de peregrinos en sus procesos de sanación y evolución espiritual.

Juana de Dios Martínez no fue solo una guía, sino el pilar que sostuvo la estructura mística del culto en la Montaña de Sorte durante décadas. Profundizar en su vida es entender cómo el espiritismo venezolano pasó de ser una práctica dispersa a un culto organizado y respetado.

Aquí te detallo aspectos más profundos de su legado como «leyenda viviente»:

1. La «Materia» de Referencia
En el espiritismo, una «materia» es el cuerpo que recibe a los espíritus. Juana de Dios era considerada una materia pura y de altísima luz. Se dice que cuando ella trabajaba, la claridad de los mensajes y la fuerza de las entidades (especialmente de la Corte India) eran incomparables. Ella estableció el estándar de lo que debe ser un médium: alguien con disciplina, limpieza espiritual y, sobre todo, una vida dedicada al prójimo.

2. Su papel como «Custodia» de la Montaña
Antes de que la montaña de Sorte tuviera la afluencia masiva y a veces desordenada de hoy, Juana de Dios era quien ponía las reglas.

El Respeto a la Naturaleza: Ella enseñaba que la montaña es el cuerpo de la Reina. No se podía cortar un árbol o ensuciar un río sin enfrentar su corrección, pues entendía que el poder espiritual emana del equilibrio ecológico.

Jerarquía: Ella ayudó a definir quiénes podían llamarse «Bancos» (protectores de la materia) y qué requisitos debían cumplir, evitando que el culto se desvirtuara con charlatanes.

3. La conexión con las Cortes Espirituales
Juana de Dios tenía una relación especial con la Corte India. Bajo su guía, se fortaleció el culto a caciques como Guaicaipuro, Tiuna y Yoraco. Ella explicaba que los indios eran los dueños legítimos de la tierra y que, para pedirle permiso a la Reina, primero había que honrar a sus guerreros.

También fue clave en la difusión de la Corte Médica. Gracias a su labor, la figura del Dr. José Gregorio Hernández se integró con fuerza en los altares de la montaña, uniendo la fe católica popular con el espiritismo.

4. El «Poder Femenino» en el Altar
En un país históricamente machista, Juana de Dios Martínez se erigió como la máxima autoridad en un territorio sagrado. Su palabra era ley en Sorte. Ella representaba en la tierra lo que María Lionza es en el plano espiritual: la Madre protectora pero firme.

5. Su Partida y el Vacío Espiritual
Cuando Juana de Dios falleció (hace
varios años), muchos creyentes sintieron que la montaña «quedó huérfana». Se dice que tras su muerte, la organización en sectores como Quibayo y El Oro cambió, y surgió una mayor fragmentación en los grupos (caravanas).

Por eso, los espiritistas de la «vieja escuela» siempre la invocan en sus oraciones como una ánima protectora del culto, pidiéndole permiso para entrar a la montaña.

A menudo se cuenta que ella tenía el don de la videncia tan desarrollado que podía saber las intenciones de una persona con solo verla entrar a su portal, incluso antes de que la persona hablara.

Hoy, se le rinde tributo como una ancestra guía. Su nombre es invocado en los altares de Quibayo junto a los grandes espíritus que ella alguna vez canalizó. Su tumba en Chivacoa y su recuerdo en la montaña son ahora puntos de peregrinación obligatorios. Juana de Dios Martínez nos enseñó que la fe es una herramienta de dignidad. Al nacer y morir un 8 de marzo, dejó un mensaje claro: la mujer es la guardiana de la vida y de la fe. Su legado es la estructura de un culto que hoy sobrevive gracias a su disciplina.

Ella no fue solo una yaracuyana ejemplar; fue la voz de la montaña, la madre de los desamparados y la sacerdotisa eterna que, desde el plano espiritual, sigue vigilando que las aguas del Quibayo corran puras y que el fuego de la fe nunca se apague.

BEATRÍZ VEIT – TANÉ
Una mujer cuya existencia fue, en sí misma, una obra de arte y un acto de resistencia cultural: Aura Beatriz Correa Casanova, conocida en la profundidad de nuestras montañas y en los anales de la historia como Beatriz Veit-Tané.

Su nombre espiritual, «Sol Radiante», no fue una elección azarosa. Representa la luz que ella arrojó sobre un culto que, durante décadas, permaneció en la periferia de la aceptación social. Beatriz no solo fue una investigadora; fue la Sacerdotisa de María Lionza, una figura mística que logró lo que pocos intelectuales alcanzan: amalgamar el rigor de la gestión institucional con la profundidad del rito ancestral.

Es fundamental destacar que la labor de Beatriz Veit-Tané no pertenece únicamente al ámbito de lo esotérico. Su legado ha sido blindado por las máximas instituciones del saber y la cultura. Fue reconocida por la Unesco y declarada por el Estado venezolano como Portadora Cultural y Bien de Interés Cultural Nacional.

Este título no es una formalidad; es el reconocimiento a una trayectoria donde la comunidad le otorgó el papel de guardiana. Beatriz elevó la fe de los yaracuyanos a una categoría de Patrimonio Histórico de la Humanidad, recordándonos que lo que sucede en las riberas del río Yaracuy es tan universal como cualquier otra gran mitología del mundo.

La gestión de Beatriz fue una lucha constante por la autenticidad. Su movilización para devolver la escultura original de la deidad, obra del maestro Alejandro Colina, a su lugar de honor en la autopista Francisco Fajardo, fue un acto de soberanía estética. Ella entendía que los símbolos de un pueblo no pueden ser suplantados por réplicas sin alma.

Asimismo, su visión de país la llevó a ser pionera en la intención de trasladar los restos del Cacique Guaicaipuro al Panteón Nacional. Con este gesto, Beatriz buscaba sanar la memoria histórica de Venezuela, dándole al liderazgo indígena el lugar que le corresponde junto a los libertadores, consolidando así la «Corte India» no solo en el altar, sino en la conciencia cívica de la nación.

La fuerza de su personalidad y su imponente estampa mística la convirtieron en la musa de los grandes creadores del siglo XX.

  • En el teatro, inspiró al maestro Román Chalbaud para la creación del personaje de «La Danta» en su obra La quema de Judas, interpretada magistralmente por Hilda Vera.
  • En las artes plásticas, su rostro y su porte quedaron inmortalizados en los lienzos de Pedro Centeno Vallenilla, para quien posó en diversas ocasiones, convirtiéndose en la personificación física de la belleza y el poder de la mujer venezolana.

Para Beatriz, el culto requería de una base intelectual sólida. Por ello, nos legó textos fundamentales que hoy son brújulas para cualquier investigador:

  • «Doctrina de la Asociación Civil y Filosófica Culto Aborigen a María Lionza»: Donde estableció las bases éticas y organizativas del movimiento.
  • «María Lionza y yo»: Un testimonio íntimo sobre su conexión con la deidad.

Su mayor triunfo político-ambiental ocurrió en 1960, cuando gracias a su incansable gestión, el Monumento Natural Cerro María Lionza fue reconocido oficialmente. Beatriz logró la proeza de unir la fe popular con la protección ecológica, sentando el precedente de que la espiritualidad es la herramienta más poderosa para la conservación de nuestros ecosistemas.

A más de cinco años de su partida física en febrero de 2021, el legado de Beatriz Veit- Tané nos impone un desafío ético. No basta con recordarla; debemos emular su capacidad de gestión. En un momento donde el turismo consciente y la preservación ambiental son ejes del desarrollo regional, la figura de Beatriz nos enseña que el Cerro María Lionza es nuestra mayor riqueza inmaterial.